Charlie Hebdo, o la justificación de una nueva (y vieja) Guerra

Me sorprende la cantidad de gente que afirma ser alguien que no conoce. ¿Cuántos de los que dicen ser “Charlie Hebdo” tienen algún conocimiento básico de la revista o sus fundadores? ¿Conocen siquiera los nombres de los trabajadores vilmente asesinados? ¿Y cuántos han sido los que han muerto en el atentado? ¿Cuántos han visto sus viñetas?

Una vez más, queda demostrado que la opinión de masas no es sino producto de la alienación de los medios (de masas). Nadie dice ser los miles de inmigrantes que mueren huyendo de la guerra y la pobreza (impuesta) ante la frontera misma, física y moral, de nuestra “patria”. Nadie afirmó ser, y muchos menos se solidarizaron de manera tan abrumadora con ellos, los más de un millón de asesinados en Ruanda y alrededores en el trágico año de 1.994, donde las grandes potencias doblaron la esquina y los abandonaron a su suerte.

Curiosamente, nacen adalides de la libertad de expresión que, con una mano defienden la libertad, y con otra, la mutilan y censuran salvajemente. Son muchos los que levantan himnos y pancartas a favor, y promulgan o defienden una ley mordaza en contra.

Y todo el mundo habla de lo necesaria que es la libertad de expresión, aunque muchos censuren violentamente la expresión de otros por ser contraria a sus ideas.

Me temo que lo que se defiende no es la libertad de expresión, sino la libertad de “su” expresión. Cada uno defiende “su” libertad, porque el concepto general de libertad, es algo difícil y sumamente complejo de entender, mucho menos de defender.

No me gusta el semanario “Charlie Hebdo”. No me gusta el humor que denigra, que insulta y hiere millones de sensibilidades que no son fanáticas ni matarían por sus ideas, ya sean musulmanas o cristianas. Me recuerda a aquello de reírme contigo o reírme de ti.

Pienso que ni Alá, ni Dios, ni Mahoma, ni Jesucristo, ni el Papa, tienen responsabilidad alguna sobre aquellas personas que pretenden disfrazar la violencia, de un acto sagrado y necesario. La religión o el fútbol no causan mal alguno, sino el que practica la violencia utilizando su bandera de conveniencia. No me gustaban las caricaturas de Charlie Hebdo antes y no me gustan ahora. Me gusta Forges, Mingote y el humor y la sátira inteligente, mordaz, filosa, que no recurre a lo grotesco, sino a la ironía y la sutil crítica que no por carecer de visceralidad o sodomía son mediocres o menos buenas. Y lo digo en aras de la libertad de expresión: el hecho de que hayan muerto asesinadas injustificadamente doce personas a manos de fanáticos no los convierte en mártires de causa alguna, ni en héroes de la libertad siquiera, ni voy a encomiarlas por ello. Me merecen igual respeto que los que han sido muertos por ETA, o a las víctimas del Terrorismo de Estado del que tan poco se habla. Todos ellos son víctimas igualmente inocentes, de una violencia que no puede ni debe justificarse.

Han muerto con un lápiz en la mano, sí; sin embargo otros han muerto y mueren con un crucifijo en ella a miles de kilómetros, donde profesar la fe cristiana es sinónimo de morir de una manera horrible. Ellos sí me parecen mártires por una causa. Ellos sí eligieron, tuvieron elección, murieron deliberadamente por sus ideas y por lo que representan. Y seguramente, hubieran llorado al contemplar algunas de las viñetas de Charlie Hebdo.

Si de lo que se trata es de defender la libertad de expresión, deberían abolirse en primer lugar las leyes que atentan contra este principio fundamental, en lugar de convertir en héroes a personas que, equivocadas o no, ejercían su derecho a la expresión como profesión. Y todo lo que no sea eso es un cínico ejercicio de hipocresía, de falta de ética, y la utilización morbosa de un hecho para un fin que nada tiene que ver con lo que aparenta. Mucho me temo.

Si de lo que se trata es de crear odios y divisiones, esta campaña es de las mejores que hayan existido nunca, y tal vez la antesala previa a una guerra que pronto acabará con la libertad y la vida misma de muchas personas inocentes.

Yo me preguntaría a quién le conviene azuzar el odio, la represión y el castigo. La mentira, las viejas y nuevas armas de destrucción masiva, el preludio para una nueva invasión y un nuevo saqueo. Me pregunto si esta campaña “a favor de la libertad de expresión” que utiliza el dolor de los muertos y de sus familias no sea el medio para un fin tan perverso como invisible.

Sí, es cierto que unos locos han perpetrado un crimen fanático y cobarde, pero quizá muchos otros locos hoy, traten de utilizar este horrible crimen para justificar los que urdirán en sus despachos.

Me pregunto si el mundo realmente debe dividirse en oriente y occidente, en fanáticos violentos y honrados y honorables ciudadanos. Me pregunto si todos los que creen en Mahoma ocultan armas bajo sus colchones. Si este atentado es un atentado a Francia, o a todo occidente, o a la libertad de expresión siquiera. Me pregunto a quién y qué se defiende y a quién y qué se combate realmente.

Me pregunto, si como tantas veces, la libertad de expresión, sea la primera víctima.

Ojalá me equivoque, y no seamos cómplices de otra guerra donde mueran niños inocentes.

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Sobre Israel Gajete Domínguez 49 Artículos
Israel se considera aprendiz de todo y maestro de nada. En el crisol de su juventud confluyeron y confluyen innumerables experiencias vitales, que le sirven para construir, poco a poco, el escritor profesional en que pretende convertirse algún día -vivir del “cuento”-. Ha publicado en diversos medios y soportes, colaborado en varios proyectos literarios, y resultado ganador en certámenes literarios de variado ámbito y género. También ha vendido libros que ha escrito junto a sus amigos a pie de calle. Mago, camarero, monitor de ajedrez, mecánico, documentalista, mozo de almacén, cuentacuentos... su recorrido laboral es breve pero intenso. Escribe poesía y narrativa breve, aunque también artículos sociales o de actualidad. Inconformista por naturaleza y buscador incansable de la verdad.

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