Don presunto Hijo de Puta

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Don presunto hijo de puta pasea sin preocupación alguna, con cierta dificultad debido a sus pesados bolsillos colmados de poder y dinero. Y a su enorme trasero bien alimentado, pagado de sí mismo y muy agradecido.

Don presunto hijo de puta tiene amigos donde quiera que va, incluso donde quiera que no va, que es la cárcel. Amigos dentro y fuera de los barrotes, vestidos de toga o a rayas blanquinegras. Estos últimos inquilinos impenitentes son elegidos cuidadosamente para preservar sus intereses. Cabezas de turco, por si a alguien se le escapa. Y tras sus vacaciones pagadas, volverán a sus quehaceres bajo las órdenes de don presunto hijo de puta.

En España, el límite de tolerancia al latrocinio es alto, muy alto. Sobre todo cuanto más poder ostenta el presunto ladrón. O el presunto hijo de puta.

Y es que don presunto hijo de puta tiene adherida firmemente a su piel la pátina de la presunción, imposible de arrancar; ni con espátula, oiga.

Se ríe a carcajadas, don presunto hijo de puta, de los jueces que intentaron juzgarlo y ahora son juzgados; se ríe del ciudadano medio, del pequeño y del gigante. Sobre todo de los dos primeros, porque con algunos de los más grandes comparte risa, mesa y pastel.

Señala con su dedo acusador e irremediablemente inocente el semblante amargo del que, por no tener, no tiene ni bolsillos donde atesorar botines. Y se ríe, a carcajada limpia, mientras que, con su otra mano igualmente inocente, acaricia su tesoro, antaño ubicado en otros bolsillos raídos por su codicia. Presuntamente, siempre presuntamente.

Don presunto hijo de puta no es un ladrón, ni tiene amigos y cómplices ladrones que se reúnan a la sombra de la justicia -o a su amparo- para dirigir una banda criminal de mafiosos, cuatreros, salteadores y pícaros rateros cuyo objetivo es robar, estafar y regalar a sus amigos, que son muchos. No, don presunto hijo de puta sólo es eso: un presunto hijo de puta. Víctima de las insidiosas lenguas viperinas, envidiosas y seniles. De algún complot para su deshonra y beneficio de algún otro presunto hijo de puta.

Don presunto hijo de puta no tiene intención de devolver ni un dólar de las Islas Caimán, aunque ninguno de los que presuntamente almacena a buen recaudo le pertenezca. Tal es su presunta avaricia de presunto usurero. No pedirá perdón, ni derramará lágrimas. En su lugar, proferirá sonoras carcajadas. Don presunto hijo de puta tiene los testículos de acero forjado y el rostro de diamante. Le gusta alzar la cabeza -provista de una enorme cornamenta- y, como si se tratase de un hermoso ejemplar de ciervo -perdonen el agravio comparativo los amantes de los animales-, despuntar su lengua y emitir la berrea del presunto hijo de puta: ¡Y tú máaaaaas! ¡Y tú máaaaaas! Ávido y celoso de más poder y dineros.

Este ejemplar (p)único es en realidad un dechado de virtudes. Presuntamente. Un adalid de la democracia, de la libertad de expresión. Aunque (¿presuntamente?) haya organizado (auspiciado o consentido) el reparto de una mordaza por cada español. No vaya a ser que, además de quejarnos sin motivo, vayamos a acusar a algún presunto hijo de puta de manera ignominiosa. O tal vez un grupo de descerebrados se atreva a reunirse en público para maquinar algún acto delictivo, como llamar a las cosas (o personas) por su nombre, ignorando el uso de eufemismos. U osen conversar mientras toman un refresco.

Cómo quisiera poder arrancar el velo de la presunción permanente que cubre su ponzoña maloliente. Con mis manos desnudas, sin violencia, sólo por puro afán de Justicia, de la buena, de la que es igual para todos, no recibe instrucciones, ni otorga privilegios o susurra al oído de sus amistades.

No saben cuánto me gustaría agarrar a don presunto hijo de puta y despegarle el barniz de inocencia que recubre su podredumbre; su disfraz de honorable y santo varón, o santa mujer. Aunque sean muchos y estén por todas partes, caminando sin preocupación alguna entre bosques calcinados donde quizá se construya un aeropuerto que poder malvender. O carreteras que conduzcan a un profundo precipicio.

Y una vez desenmascarado don presunto hijo de puta, encerrado en una celda oscura, húmeda y fría, ser yo quien ría a carcajadas, señalando sus metálicas vergüenzas desprovistas de toda impunidad.

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Sobre Israel Gajete Domínguez 49 Artículos
Israel se considera aprendiz de todo y maestro de nada. En el crisol de su juventud confluyeron y confluyen innumerables experiencias vitales, que le sirven para construir, poco a poco, el escritor profesional en que pretende convertirse algún día -vivir del “cuento”-. Ha publicado en diversos medios y soportes, colaborado en varios proyectos literarios, y resultado ganador en certámenes literarios de variado ámbito y género. También ha vendido libros que ha escrito junto a sus amigos a pie de calle. Mago, camarero, monitor de ajedrez, mecánico, documentalista, mozo de almacén, cuentacuentos... su recorrido laboral es breve pero intenso. Escribe poesía y narrativa breve, aunque también artículos sociales o de actualidad. Inconformista por naturaleza y buscador incansable de la verdad.

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