La elegía de la ignocracia: la dictadura de los tontos

Quisiera prologar este artículo con una frase acuñada por Fernando de Brinkerhoff, acertadamente manida en la actualidad: “Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron están bien representados”. 

A lo largo de la historia se ha buscado un orden político y social justo, capaz de integrar el gran mosaico de pensamientos y afanes del pueblo en un crisol que represente la voz de todos. La democracia es el sistema aparentemente más justo y legítimo, donde el Estado parece adquirir una identidad representativa.

Claro que, esta premisa es profundamente discrepante, y da lugar a preguntas igualmente complicadas: ¿Debe valer lo mismo cada voto? No parece justo que un voto realizado al azar tenga el mismo valor en las urnas que un voto reflexionado. Por supuesto, la libertad de expresión debe ser un derecho inalienable (y digo debe porque no lo es), pero aquí no hablamos ni de libertad de voto ni de libertad de expresión, hablamos de la libertad absoluta, si cabe. Entonces se hace imprescindible el siguiente interrogante: ¿Quién es usted para arruinar mi vida y el futuro de mis hijos?

Imagínense una bandada de imbéciles descerebrados votando por un despiadado y déspota tirano, al cual finalmente se le otorga el poder (¿legítimo?) para decidir no sólo sobre el aciago futuro del votante, sino de la humanidad. ¿Dónde reside el poder, en el pueblo, o es el pueblo el que lo ha cedido a otros?

¿La democracia es sólo votar cada cierto período de tiempo? ¿De qué modo se expresa el pueblo entre unas elecciones y otras?

Existe también, creo, un planteamiento erróneo respecto a la responsabilidad del criterio propio. Ante la manipulación del pensamiento: ¿Es únicamente culpa de quien perpetra la corrupción o la delicada, sistemática y quirúrgica extirpación del criterio ajeno, o es responsabilidad de quien prefiere no molestarse en dejar de ser idiota? ¿De quien no lee, de quien no quiere pensar por sí mismo? ¿De quien no se estima a sí mismo y en última instancia, a su libertad? Como defendía Karl Popper: “La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos”.

Pienso que cada cual es responsable de su propio criterio, si lo tiene. Incluso si lo ha cedido, como tal vez su voto, a otros. Una Sociedad de personas que leen y escuchan sin contrastar, cuyos ojos y oídos permanecen secuestrados por los grandes medios, que otorgan sin cuestionar la Verdad, o la mentira; a su medio predilecto, o adverso; es responsable de su propia ignorancia.

Ahora imagínense a esa bandada de imbéciles descerebrados votando por un despiadado y déspota tirano, esgrimiendo como único argumento su libertad para ser ignorante y para votar sin juicio. Imagínense que esa bandada de ruidosos imbéciles, son mayoría (al menos la mayoría que participa en el juego democrático). ¿No es un tipo de dictadura, la dictadura de la ignocracia?

Tristemente, sucede. La dictadura de la ignorancia, de los tontos que no quieren saber, que no quieren entender, que prefieren continuar siendo eso: imbéciles descerebrados.

La búsqueda de la Verdad es un acto genuinamente libre. Sólo puede nacer del deseo de quien se sabe y se quiere libre. La ignorancia es el tipo más absurdo y más terrorífico de esclavitud.

Esa bandada de imbéciles descerebrados, sea de aquí o de allá, que apela a su libertad, esclava del poder que ella misma legitima, ignora también que no puede, ni quiere, ser auténticamente libre.

Es la elegía de la ignocracia, el poder de los tontos que quieren serlo, que canta a la muerte trágica de la libertad y el futuro de la humanidad, sin saberlo. Ese pedestal que ve usted que elevan es en realidad un ataúd que contiene el cadáver de su voz y su futuro, su misma libertad.

Así, con la solemnidad que le otorga su imperativa idiotez, una bandada de imbéciles descerebrados- castellanos o de allende el océano- mientras enarbolan banderas y rearman muros y concertinas, declaran su inteligencia y su humanidad democrática e irremediablemente perdidas.

¡Socorro!

Sobre Israel Gajete Domínguez 49 Artículos
Israel se considera aprendiz de todo y maestro de nada. En el crisol de su juventud confluyeron y confluyen innumerables experiencias vitales, que le sirven para construir, poco a poco, el escritor profesional en que pretende convertirse algún día -vivir del “cuento”-. Ha publicado en diversos medios y soportes, colaborado en varios proyectos literarios, y resultado ganador en certámenes literarios de variado ámbito y género. También ha vendido libros que ha escrito junto a sus amigos a pie de calle. Mago, camarero, monitor de ajedrez, mecánico, documentalista, mozo de almacén, cuentacuentos... su recorrido laboral es breve pero intenso. Escribe poesía y narrativa breve, aunque también artículos sociales o de actualidad. Inconformista por naturaleza y buscador incansable de la verdad.

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