La buena vida del truhán de alta cuna

En un pasado lejano (tal vez no tanto para memorias longevas como las de la Casa de Alba), nobles y señores llevaban gruesas túnicas para ocultar el fétido olor que desprendía su piel ajena a las bondades del agua y jabón. Por aquel entonces se inventó el abanico, para despedir el tufo a un lado y a otro y que no atolondrara a su noble nariz de exquisito abolengo. Los mismísimos jardines del Palacio de Versalles aliviaban las necesidades de los nobles invitados, quienes perfumaban con las esencias íntimas de sus inmensas bostas, producto de ingentes banquetes señoriales, el domaine royal, convertido en lago de olores azulados y distinguidos tonos cobrizos.

Hidalgos señores y bribones de regio apellido, usurpadores de las tierras de los campesinos, señoreaban sus miserias y ejercían derecho de pernada apropiándose caprichosamente de aquello cuanto quisieran, ya que todo lo que alcanzaban a ver desde su castillo les pertenecía.

Qué tiempos aquellos donde el Señor, por la única razón de una corona, anillo o un enlacrado pergamino, acumulaba riquezas fruto del trabajo del labriego, que tras su expropiación comenzó a llamarse pobre. Donde el saber y el poder eran de unos pocos, y la educación cosa de ricos. Donde el hombre no era protagonista de su propia vida.

Cómo va a ser igual Señor que esclavo, noble señora que puta; cómo se puede comparar la elegancia de un príncipe con la iniquidad de un niño mendigo. Las proezas y gestas de caballeros de gruesas armaduras protectores de los tesoros de castillos y palacios, cantadas por juglares, con las miserables vidas de gentes que han tenido la fortuna de nacer en un montón de paja llena de pulgas y garrapatas.

Sin embargo, es posible que aquella época no sea tan diferente a la nuestra. Tal vez ahora, los nobles y señores usurpadores de las riquezas del pueblo tengan amigos de gruesas túnicas o togas que ocultan el hedor de su corrupción. Quizá podrán sanear sus cuerpos, pero nunca sus turbias mentes, contaminadas por los mismos delirios de grandeza de entonces.

Quizá algunos sigan ejerciendo el derecho de pernada. Y de qué manera, señores.

Es posible que la educación pronto vuelva a ser cosa de ricos impertinentes y jactanciosos. Y dirán que toda crítica es producto de la envidia. Aunque en el fondo pensarán que no todo el mundo debe tener derecho a ser persona, que los esclavos y los pobres son necesarios para soportar sus longevas y elegantes vidas de semidioses o elegidos.

El pobre, siempre gañán y envidioso, vulgar y soez, vago y miserable.

Aunque hoy, en lugar de trasladar en fastuosos carruajes sus cofres repletos de oro y joyas, encierran el dinero negro en bolsas de basura apretadas en el maletero de un negro todo-terreno, que sustituye a los rápidos y bien alimentados corceles del mismo color. Y ninguno de sus lacayos conoce su existencia o actividad, a pesar de ostentar altos cargos en el ayuntamiento o la Molt Honorable Generalitat.

Si existe alguna diferencia abrumadora con el pasado, es que se ha perdido el valor de la palabra. Ya no ruedan cabezas por faltar al honor o la verdad, sino por todo lo contrario.

En la época moderna, las señoras nobles no saben nada de las tretas de sus maridos, sujetas a la antiquísima tradición y única actividad de engendrar príncipes y princesas. Los reyes, agasajados por sus amigos (quienes no regalan a cambio de nada) acumulan fortunas de tan alto valor que ya no saben dónde guardar, a pesar de que desde su alto castillo la vista alcance el océano.

Todavía hoy es época de indulgencias y de indultos, de mentiras y conspiraciones, de la pertinaz locura que se desata por el trono (aunque se haya desprendido de su vetusto terciopelo la mismísima soberanía), o una silla presidencial, o un lugar en el Palacio de la Zarzuela o la Moncloa.

Todavía hoy, las grandes fortunas son producto del sudor del pobre y de los gravámenes que se le impone.

Y sobre todo hoy, mueren miles de personas al otro lado del mar y en nuestras costas, aunque no traten de invadir reinos o de vestir blasones nuevos en el estandarte del castillo, sino huir del trágico devenir colgado a sus espaldas. Y no mueren abrasados por aceite hirviendo ni ensartados con flechas, sino de las infecciones provocadas por la piel mutilada en las concertinas, y ahogados ante nuestra mirada pasiva. No viajan en poderosos barcos, sino en mugrientos cayucos. Mueren de insolidaridad y de indiferencia, persiguiendo las riquezas que salen de su país con destino al imperio que hemos erigido.

Los modernos invasores son otros, no luchan a espada, se introducen en forma de papel moneda, y se les aplaude y rinde pleitesía. Acatamos su ley y su orden, y nuestros señores se postran ante ellos con devoción.

En la actualidad, también existen caballeros de robusta armadura: Sir-Burocracia, Sir-Ley o Sir-Democracia (Este último no hace honor a su nombre), que no han dudado un instante en dedicar sus vidas a defender al más fuerte y engrosar, todavía más, los poderes, fortunas y tesoros, de los nobles señores a los que juraron fidelidad eterna.

No es tan distinta nuestra época de la de entonces. A pesar de los avances tecnológicos y de todo tipo. En nuestro tiempo, no me lo podrán negar, pervive con la fuerza de antaño, la buena vida del truhán de alta cuna.

Sobre Israel Gajete Domínguez 49 Artículos
Israel se considera aprendiz de todo y maestro de nada. En el crisol de su juventud confluyeron y confluyen innumerables experiencias vitales, que le sirven para construir, poco a poco, el escritor profesional en que pretende convertirse algún día -vivir del “cuento”-. Ha publicado en diversos medios y soportes, colaborado en varios proyectos literarios, y resultado ganador en certámenes literarios de variado ámbito y género. También ha vendido libros que ha escrito junto a sus amigos a pie de calle. Mago, camarero, monitor de ajedrez, mecánico, documentalista, mozo de almacén, cuentacuentos... su recorrido laboral es breve pero intenso. Escribe poesía y narrativa breve, aunque también artículos sociales o de actualidad. Inconformista por naturaleza y buscador incansable de la verdad.

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