Que se mueran los viejos

Isaac tiene noventa y seis años. Puntual y muy temprano, como todos los domingos, el penetrante zumbido de su viejo despertador le arranca el sueño. Se apresura a levantarse, y procede a realizar la rutina acostumbrada. Enciende la radio, las luces, y se peina frente al espejo mientras elige mentalmente una de sus corbatas. No puede esperar a que le afeiten y se rasura él mismo, a pesar de sus temblores.

Con el estómago apretado, como cada domingo, desayuna su café con pastillas, se atusa de nuevo la corbata, repasa por última vez su blanco cabello y ayudándose de su muleta, camina lentamente hacia la sala de recreo. Ha llegado el primero, siempre lo hace, y elige el asiento que está de espaldas a la tele, desde donde intenta intuir la figura de alguno de sus hijos entre los pocos transeúntes que pasan frente a la puerta principal de la Residencia donde vive hace más de veinte años.

Como cada domingo, con el corazón apretado, pasadas las doce y media, murmura palabrotas contra los chicos que tratan de despegarle del sillón.

Pasan los meses, hasta que un día sus siete hijos, con cara contrita, lágrimas de cocodrilo y la cartera apretada, se reúnen alrededor de un viejo que ve cumplida su esperanza desde su elegante e innecesariamente confortable lecho de madera. Tienen mucho que discutir y dineros que repartirse. Y jamás, desde hacía decenas de años, compartieron un segundo sólo con su padre, tan ocupados estaban.

La historia de Isaac es una historia real. Son centenas de miles de historias reales, porque en la España solidaria de hoy lo viejo molesta, repugna. Es más importante la calidad de vida, que la vida misma. La vida desgastada y rota, no tiene valor alguno.

Sin llegar tan lejos -todavía- como aquel Ministro nipón que sugirió, casi ordenó, que se murieran los viejos (ver fuente), aquí, en España, no necesitamos políticos -aunque haberlos haylos- que, con la crueldad del mismísimo Herodes I el Grande, manden matar a todos los mayores de sesenta y siete años. Y no los necesitamos porque es una tradición enviarlos al exilio, donde no puedan interferir ni molestar en nuestras trepidantes y modernas vidas, una vez se han transformado en una carga para nosotros.

Lo dolorosamente curioso es que algún día, nosotros representamos una carga para ellos, tal vez inesperada. Y sin embargo, derramaron sus vidas y sus energías en la nuestra. Y somos lo que somos gracias a los mismos ancianos que abandonamos como un electrodoméstico viejo, continuando la tradición, sin que ello nos plantee ningún dilema moral. Es un acto profundamente arraigado en nuestra cultura.

Seguramente, nuestros hijos hagan lo mismo con nosotros. No merecemos menos. Así los educamos.

Este artículo no pretende nada más que reflexionar acerca de la denigrante vida de los viejos en nuestro país. En un país donde miles de personas defienden una vida digna para sus hijos, y hablan de lo mucho que les ha costado a sus viejos construir un país hermoso, devorado por las llamas de la avaricia y la corrupción política, y me pregunto qué coño les importarán sus viejos y sus luchas de antaño.

Y si me apuran, díganme si no son ellos mayoría, los viejos a punto de ser abandonados, los que salen a la calle, no por vez primera, con muchas más tablas y sabiduría. No la que proporciona una carrera universitaria, como la de muchos, pagada con el sudor de la frente de sus padres.

Díganme si no son ellos los que alimentan a sus hijos en paro, y a los hijos de sus hijos.

Díganme si no son ellos los que tratan de reconocernos entre los transeúntes que caminan bajo sus flamantes y bonitas residencias de ancianos.

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Sobre Israel Gajete Domínguez 49 Artículos
Israel se considera aprendiz de todo y maestro de nada. En el crisol de su juventud confluyeron y confluyen innumerables experiencias vitales, que le sirven para construir, poco a poco, el escritor profesional en que pretende convertirse algún día -vivir del “cuento”-. Ha publicado en diversos medios y soportes, colaborado en varios proyectos literarios, y resultado ganador en certámenes literarios de variado ámbito y género. También ha vendido libros que ha escrito junto a sus amigos a pie de calle. Mago, camarero, monitor de ajedrez, mecánico, documentalista, mozo de almacén, cuentacuentos... su recorrido laboral es breve pero intenso. Escribe poesía y narrativa breve, aunque también artículos sociales o de actualidad. Inconformista por naturaleza y buscador incansable de la verdad.

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